Jigokumon, la puerta del infierno

Publicado en por Kenji





En el período clásico, la cinematografía japonesa tenía dos tendencias o géneros esenciales marcados con notoria claridad: el Gendai geki, que abarcaba toda clase de temas contemporáneos y el Jidai geki que, siguiendo en parte la tradición del teatro kabuki, abarca las representaciones de época, con tres subgrupos principales, denominados Chambara (exaltación del heroísmo de los samuráis), Kengeki (con espectaculares desafíos como motivo esencial) y Ninjitsu (transformación del hombre en alguno de los cuatro elementos o en bestia, sea mitológica o real). Dentro del Jidai geki se inscribe La puerta del infierno, donde se destaca sobre todo su valor épico; ese deslumbrante primer acto en el que un grupo de rebeldes ataca el Palacio Imperial e intenta apoderarse de la emperatriz, ese combate alucinante dentro de las estructuras de bambú y de las flotantes cortinas de gasa, esos invasores mostrados desde lo alto como tenaces hormigas azules; pero, sobre todo, el color con el que el artista plástico que hay en Kinugasa toma la delantera para componer alucinadamente un mundo de barbarie y estilización, un mundo que tiene ímpetu orgiástico y simetría. A fuerza de concentración, de intensidad, de estilización visual y dramática compone lo que hay que reconocer como una unidad profunda y muy misteriosa.

La década de los 50 cinematográficamente es la época dorada del cine japonés. Aunque ya en la década anterior se apuntaba una excepcional cantera de jóvenes directores, es en estos momentos cuando el triplete de genios Kurosawa, Mizoguchi y Ozu realizan algunas de las mejores obras de toda la historia del cine asiático. Mucho menos conocido en Europa, aunque no ocurre lo mismo en Japón tenemos a Teinosuke Kinugasa, un extraordinario director, realizador de bastantes películas aunque su obra maestra y la más popular es "La puerta del infierno". Ganadora del Oscar a mejor película extranjera y la Palma de Oro en el festival de Cannes en 1954, es sin duda una pequeña joya. De una belleza inusual, con algunos colores difícilmente repetibles en el cine de nuestros días, Kinugasa nos va contando una historia de amor muy shaskespiriana.
Con la protagonista Machiko Kio, una auténtica estrella de sus días, protagonista con Brando y Glen Ford en "La casa del té de la luna de Agosto", descubrimos lo mejor del afamado teatro Kabuki, con unas interpretaciones del marido y del samurai  simplemente soberbias.
Lástima que las películas de Kinugasa no lleguen a España porque son verdaderos diamantes. “La puerta del infierno” es la aportación de Kinugasa a una generación completamente irrepetible de directores japoneses. La película también habla de un alegato al perdón, al arrepentimiento y a la inutilidad de la violencia y el poder del amor.
Como decía uno de los carteles publicitarios de la época: ”La película más bella del mundo” y desde luego que puedo decir que es preciosa.

Ambientada en la Edad Media, "La puerta del infierno" es la historia de un guerrero, que,  tras salvar la vida al Emperador, le pide como deseo el casarse con una mujer que, sin embargo, ya está casada con otro samurai iniciándose así un conflicto irremediable... Una de las cimas del cine japonés, primer premio en Cannes y Oscar de Hollywood, que en nada tiene que envidiar a las mejores obras de los Kurosawa, Ozu o Mizoguchi.
Llama la atención, en primer lugar, por el extraordinario uso del color del que hace gala, armoniosamente compaginado con el vestuario y los decorados, así como con el trasfondo de la historia: una auténtica tragedia nipona pero de raíces shakesperianas, entre lo trágico y lo lírico, en un film preñado de hermosura y sapiencia, que la co
nvierten en una obra maestra total y absoluta en su mayoría de aspectos.
Se nota también la influencia del teatro kabuki y hay una espléndida composición de los personajes principales: el samurai enamorado, inyectado de amor y odio, ciego y equivocado, asesina con odio exacerbado a su amor en un acto sublime de ella (entregar su vida: es la contraposición del egoísmo enloquecido de él frente a la bondad infinita de ella): un ejemplo maravilloso de Amor incondicional. Quizás, no obstante, sea la no suficientemente fascinante presencia de Machiko Kyo lo menos brillante de esta gran película.

La principal baza con la que contó esta película en su época fue el total desconocimiento de la filmografía asiática por parte los críticos europeos y americanos. Esto propició que los círculos especializados quedaran cautivados por su cuidada y colorida fotografía así como por una actuación y un guión elaborado sin comparación con el cine occidental de la época.
Muchos críticos actuales argumentan que Jigokumon no hubiera recibido tal apoyo de crítica si el cine japonés estuviera más difundido en aquellos años. Si bien es verdad que muchas cintas contemporáneas a esta la igualan o incluso superan en calidad hay que reconocerle el mérito de ser la primera y precursora de la expansión del cine japonés a mercados internacionales.

Una historia cautivadora, filmada con delicadeza y el gusto que caracterizaba al cine nipón de la época hacen de esta película una delicia en color (La primera película de esta isla en usar Eastmancolor) digna de ver.



 

 

 

 

 

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Sora 08/26/2009 18:53

Pelicula japonesa oscarizada. Tengo que verla!!